Comunidad científica mexicana sobrevive al siglo XX

El doctor Ruy Pérez Tamayo inició su trabajo en la ciencia como estudiante de medicina de la UNAM en 1943

La comunidad científica formada alrededor de 1950 fue el motor y la fuerza que dio el salto cuántico en ciencia y tecnología en México entre el inicio y el final del siglo XX, afirmó el doctor Ruy Pérez Tamayo, miembro nacional de excelencia del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) en su conferencia La ciencia en México hoy y mañana enmarcada en el Cuarto Ciclo de Conferencias de El Colegio Nacional en la FES Cuautitlán.

A principios del siglo XX, la minúscula comunidad científica mexicana no tenía posibilidades de crecer y su productividad se limitaba a repetir lo que se hacía en el extranjero, en específico de Francia. De igual forma, su desarrollo se veía limitado por la ausencia de recursos para financiarla, espacios, equipo especializado, nombramientos para investigadores, organismos oficiales encargados de apoyarla o promoverla, premios por realizarla y el reconocimiento académico de las instituciones y la sociedad, detalló el doctor Ruy Pérez Tamayo.

Posteriormente, detalló, durante la segunda mitad del siglo XX, la comunidad científica impulsó y prestigió al conocimiento por su contribución en el desarrollo integral de la sociedad mexicana. Asimismo, formó los primeros grupos de investigadores, consolidó escuelas pioneras en distintas especialidades y alcanzó nivel internacional en la calidad de algunos trabajos, logrando así sobrevivir.

Por lo tanto, aseguró el miembro de El Colegio Nacional, ninguno de los episodios fundamentales del crecimiento de la ciencia fue iniciativa del gobierno; la transformación se produjo gracias a la tenacidad e insistencia de los propios grupos científicos que con gran decisión mantuvieron una actividad continúa y creciente ante la indiferencia y la abierta hostilidad de las esferas oficiales del Estado.

Fue la propia comunidad científica la que se encargó de la formación del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT); fundó la Academia de Investigación Científica —hoy Academia Mexicana de Ciencias (AMC)—; ideó el Centro de Investigación y Estudios Avanzados (CINVESTAV); impulsó el SNI, y propuso el Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República, puntualizó el Premio Nacional de Ciencias 1974.

En el lapso de dos generaciones, enfatizó, la comunidad científica contaba con: laboratorios específicamente diseñados y equipados, nombramientos de investigadores, donativos para financiar proyectos, reconocimiento del valor académico en ciencia, organismos en la UNAM y en el Instituto Politécnico Nacional (IPN) encargados de impulsar la investigación y un abanico de premios para los mejores científicos. Una situación imposible de creer en la década de los cincuentas, recordó el doctor Ruy Pérez Tamayo.

El gobierno mexicano sólo contribuyó en 1973 con la creación de la Universidad Autónoma de Metropolitana (UAM), la última institución con capacidad real para hacer investigación científica del siglo XX, criticó el doctor Honoris Causa. Agregó que tiempo después el Estado se vio obligado a aceptar el desarrollo de la ciencia y a seguir la dirección señalada por los grupos líderes en ciencia, adjudicándose los créditos.

Sin embargo, señaló, en el 2000 CONACYT informó que el gasto interno en investigación y desarrollo experimental del país fue del 0.43%; mientras que Chile destinó el 0.60%; Cuba, O.62%; España, 1.03%; Brasil, 1.04%; Estados Unidos, 2.67%; Japón, 3.12%, y Suecia 4.27%. Estas cifras reflejan el verdadero interés de las autoridades por apoyar el desarrollo de la ciencia, denunció.

México continuaba siendo el país que gastaba menos en investigación de las 29 naciones que conforman a la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) a finales del siglo XX, agregó. “Significa que la sociedad y el gobierno no están convencidos de que la ciencia y la tecnología propias podrían contribuir de manera importante al progreso de México”, aseguró el premio Luis Elizondo.

Igualmente, indicó el doctor Ruy Pérez Tamayo, la comunidad científica mexicana es la más pequeña aún entre los países menos desarrollados. Las comparaciones aproximadas del número de científicos no son exactas pero resultan valiosas, advirtió. Éstas reportan que en México existe el 0.65 de un investigador por cada 10 mil habitantes; mientras que Chile tiene 3; Cuba, 4; España, 5.5 y Brasil 5.6, precisó.

Otras estimaciones, refirió, con base en la Población Económicamente Activa (PEA) revelan que en el 2000, México registraba cinco científicos por cada 10 mil personas que laboran; Turquía contaba con siete; Francia, 59; Suecia, 68, y Estados Unidos 74. Prueba de ello es que sólo el 1.7 por ciento de la matrícula total, dos millones de alumnos, en educación superior estaban inscritos en áreas de la ciencia como física, química, matemáticas y biología, continuó.

A nivel posgrado, México reportó un mil 109 doctores graduados en todas las disciplinas; mientras que Corea tituló a cinco mil 587; España, cinco mil 980; Brasil, seis mil 600; Canadá siete mil 274, y Estados Unidos 45 mil 481.

Esta situación, denunció el doctor Ruy Pérez Tamayo, se contrapone con las 100 mil becas de posgrado que ha otorgado el CONACYT en 30 años de existencia, la mayoría de ellas para formación científica. Para el 2000, el SNI reportó siete mil 466 investigadores, “¿dónde están los otros 92 mil becarios?”

La limitante que impidió el crecimiento saludable de la comunidad científica mexicana fue la incapacidad del país para recibir, dar empleo académico y facilidades de trabajo a un número mayor de investigadores, respondió el profesor de patología. En ese momento, México necesitaba abrir las plazas necesarias, contribuir en las instituciones de educación superior, así como equipar y financiar adecuadamente a los institutos de investigación, detalló.

Del mismo modo, la participación mexicana en la productividad de la comunidad científica global medida por el Institute for Scientific Information (ISI) en el 2000 fue 0.6%; Brasil registró 1.3%; Inglaterra, 10%, y Estados Unidos, 34.1%, detalló el Profesor Emérito de la UNAM.

Informó que el Distrito Federal, Estado de México y Morelos concentran el 74% de la producción científica nacional. Reveló que aunque la UNAM es la institución con mayor número de artículos publicados, el CINVESTAV la supera en productividad porque tiene más densidad de publicación.

El doctor Ruy Pérez Tamayo mencionó que de conservarse las mismas condiciones, la ciencia en el futuro seguirá creciendo a pesar de los elementos negativos que surgen en el proceso del desarrollo como el abandono del gobierno y las crisis económicas. “El avance será lento y difícil tal como ha sido llegar a la posición actual”, expresó.

Sin embargo, señaló que el sector ilustrado de la nación tendrá cada vez mayor peso e influencia para convencer a la sociedad de que la ciencia y tecnología pueden y deben contribuir al beneficio social, cultural y económico del país.

Por otro lado, el autor de 150 artículos científicos urgió a establecer una clara y precisa política de ciencia y desarrollo a largo plazo, la cual lleve relación con los objetivos deseados. Ejemplificó que para obtener investigadores con doctorado se requiere: seis años, maestros e instituciones de excelencia, programas eficientes, recursos suficientes para financiar todo el complejo educativo y es conveniente realizar una estancia mínima de un año postdoctoral en otro país.

“Las autoridades correspondientes deben aceptar la posibilidad de rebasar y suprimir los intereses propios y partidistas en aras del bien de la mayoría de los ciudadanos”, exhortó el doctor Ruy Pérez Tamayo.

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